martes, 18 de noviembre de 2008

Cementerio de teléfonos públicos

Por Pablo
en este cementerio de teléfonos públicos
me protejo en la capilla
donde unos viejos celulares
con antena
lloran la sobrecomunicación
de este siglo
y se prestan carilinas

mañana mismo naceré
de las pestañas de un lector
poeta irresuelto catalán
que me vigila
frente al nicho
de mi padre
sentado ahí en el jardín
con sus lentes negros
y su gabán gris recién comprado
habla por un aparato gigantesco
y suena justo detrás
una cabina de la telefónica
con el vidrio astillado
cuando atiendo
una voz automática
pide que marque uno si…
y dos si…
y tres si…
pero sé que es él, el poeta
de nuevo, mi catalán
marco uno
y el mensaje se repite
marco dos y el mensaje se repite
y marco tres…

lunes, 17 de noviembre de 2008

Por Muppet M

Yo comprobé varias veces el poder de lo que uno desea: se cumple sistemáticamente. Pero de veras que se cumple. No me da para exponer todas las cosas que se me cumplieron (de manera caótica, por supuesto. La vida tiene un extraño sentido del humor), pero es así: lo pedís, lo tenés. Y por eso dicen que hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea. Una vez dije "qué ganas de tener wifi en casa" y el Guasón que gobierna esta vida localoca me lo trajo en avioneta.

Uno pide, la vida concede. Pero en lo que no hay acuerdo es en el cómo. Otra vez dije: "qué ganas de tener un tiempo sabático para escribir" y ahora se me dio: tengo todo el tiempo del mundo y es una obviedad que no tengo ni la menor idea de qué hacer con tanto. Porque el Guasón que te cumple los deseos es una especie de paciente psiquiátrico sin metáfora ni dimensión. Si uno pide tiempo, TE DA TIEMPO. TE DA TODO EL TIEMPO DEL MUNDO.

Siempre hay trampita porque, claro, es Guasón y le gusta divertirse. Y a veces yo me enojo. Le digo que me deje de joder, que ya entendí el chistecito y que no es gracioso. Pero me sigue haciendo bromiscuas porque no se trata de entender, sino de divertirse y me trae gags que implican un gran esfuerzo de producción, como revivir a Paolo (sin vincha) que como está en rehabilitación come chupetines de marihuana traídos de Holanda y también bocaditos Holanda, aunque no muchos porque sufre de gastritis crónica y aguda. La falsa sinapsis lo lleva a contarte 100 veces el mismo monólogo y no omite ningún detalle: la villa, las hemorroides, los fracasos y la paranoia de que todos se drogan menos él y prueba curarse los malestares físicos ubicando el chupetín en espacios inexplorados mientras canta alguna canción de Abba en Sueco.

Risas.

Luego viene el cuadro de destrezas: patadas voladoras de mujeres acróbatas se esquivan con sabiduría zen y así logran dar vuelta el impacto y dicen: sarodalov sadatap.

El público hace oooooohooooo.

Como está de moda el aqua dance, se rompe un caño; un plomero sobreprotector no puede explicar el problema sin que el público largue risotadas porque cualquier descripción tiene doble sentido. "Vengo dos horas y te limpio la cocina. Si metes la mano acá vas a ver que ahora chupa bien," etc.
El público delira, pero aún falta el camillero que vive convencido de que trabaja en una peluquería, el médico de guardia siempre quiere jugar el doctor con la paciente, la carrera de momias entre internados, la enfermera que se cuestiona si le gusta su trabajo y dice "soy fea, maestro" y en este caso es realmente fea, pero nadie se da cuenta porque en un hospital todos están bajo el efecto de la morfina y Paolo se pone del orto: "son todos drogadictos, son todos drogadictos y no lo soportoooo".

Aplausos

Paolo cae en la tentación y se pone a aspirar las cuerdas de su guitarra, se le pincha uno de los intestinos inflamados por la gastritis y el humor escatológico inunda la sala. Paolo muere y cuando se eleva saluda con la mano que tiene uñas largas con la que toca la guitarra y rasca las espaldas (es un gran guitarrista de jazz, pero todos fingen no saber lo chiflado que está). "Que tengan una buena vida", se despide antes de sentarse a comer puré de zapallo y zanahoria, porque en el fondo es un buen tipo, Paolo, casi tan bueno como Piero. Y la gente buena no se droga ni toma agua en las comidas y siempre juzga a los demás.

Standing ovation.


El Guasón me mira: "¿Y? ¿te gustó?". Me apuro a decir que sí, por las dudas.
A los locos hay que correrlos para el lado que disparan.

Luego me quedo callada un rato. Lo pienso mejor.

Claro, no se trata de entender.

La vida es rarísima.

lunes, 10 de noviembre de 2008

jueves, 6 de noviembre de 2008

Kungfupandeando



Por Muppet M

En el calendario Maya hay algo que se llama "el día sin tiempo". Algo así como un día que no existe, un día de mentirita, que no tiene consecuencias, que no debió haber sucedido.

Son días en apariencia inofensivos, en los que que te tomás el colectivo con el ipod y un libro de cuentos, desayunaste, te duchaste con mucho jabón, hiciste todas esas rutinas insignificantes que preparan para una normalidad y no se espera que, por ejemplo, todo se enchuckice de un momento al otro y te deje kungfupandeando en el aire, como cuando en los animés detienen el instante en que el personaje da una patada voladora y se queda suspendido entre las nubes.

Todo empieza en un clima denso después de almorzar y no es un aire de tormenta. O al menos no es de lluvia. Es de arena, polvo que en breve irás a tragar cuando te toquen el hombro y te digan "tenemos que hablar" y caminás por el pasillo, rumbo al cadalso y saludás como reina de la primavera porque ya sabés lo que va a suceder, ya lo viste minutos antes a tu alrededor cuando todos dejaron de trabajar y varios lloraban en los rincones y vos consolabas a los que padecían.

Pero aún así, una escena inesperada sucede, aparece un escribano que tiene traje de escribano y vos le preguntás porqué no tiene un sombrero de Morocco Topo, si es tan parecido a un singing telegram y le decís "sos un siGNing telegram" y te reís porque no entiende el chiste ni la sutileza y empezás a decir una catarata de huevadas cuando te hace firmar con una lapicera negra no un autógrafo, sino tu nombre, apellido y número de documento para darte por notificada que ya no pertenecés a la empresa junto con otros 20 que por la crisis mundial deberán irse a sus casas. Y todos lloran alrededor porque nadie quiere esto y con un handy imaginario le avisan al chico de IT que salga de la zorrinera y arranque tu computadora antes de que vos puedas quitar aquellas fotos que te comprometen, porque siempre hay esas fotos, pero por suerte no las guardás en la computadora del trabajo.

Y decís "menos mal que cuando hacía home office también hacía cosas improductivas". Impúdicas. Importantes. Imprescindibles. Impresionantes.

Ahora voy a hacer mucho home office.

Casi todo el tiempo, digamos.